Una
vez de vuelta en la Vangarde la valiosa carga fue entregada al equipo de
análisis para su desinfección y posterior examen, mientras nuestra
expedicionaria hacía lo propio cumpliendo con los estrictos protocolos a
realizar tras una estancia fuera de la nave.
Registro de archivo de laboratorio de nave sonda Vangarde.
Comenzamos el análisis exterior de la muestra recogida en la superficie del planeta del primer sistema del cuadrante 24 de la octava galaxia conocida del sector 105.
Nos encontramos ante los restos desgastados por la fuerte erosión de lo que debió ser una estructura de forma ovalada y de algún material metálico que analizaremos en la siguiente fase del estudio. Toda la superficie del objeto está muy deteriorada y recubierta parcialmente de una capa de una costra rojiza y dura que bien pudiera ser óxido ferroso. También esto lo comprobaremos mediante su cotejo con las muestras recogidas en superficie para el análisis de sus componentes.
Procedemos a rascar un poco esta costra para recoger muestras para el cotejo. Parece que no se aferran con demasiada intensidad. Procedemos. Tras a extracción de muestras de la capa de costra superficial, podemos apreciar que la superficie del objeto es indudablemente metálica y parece tratarse de una especie de placa electrónica y una especie de cableado muy fino que se desprende de ella. Procedemos a la eliminación de la capa superficial para el posterior examen minucioso del objeto.
Cuatro horas después toda la Vangarde bullía de actividad. Desde el puesto de control y comunicaciones la pareja de operarios danzaban en un incesante baile de conexiones a la estación Eureka 2 y a otras a las que la señal tardaría varios meses en llegar debido a las abismales distancias que las separaban. El resto de la tripulación se apiñaba frente a la mampara trasparente que permitía la observación del interior del laboratorio donde la eliminación de la capa superficial que recubría al objeto acababa de ser completada y había revelado un sorprendente descubrimiento.
En el centro de la mesa de laboratorio se encontraba el
extraño objeto. Se podía apreciar a simple vista que en un tiempo
incalculablemente remoto, aquello había sido una cabeza humanoide. Más
concretamente la cabeza metálica de
algún tipo de arcaico androide que pretendía simular la apariencia humana. Las huecas cuencas oculares parecían querer en su negrura transportar a
los presentes a insondables y remotos misterios de tiempos ya olvidados. Por
boca tan solo se apreciaba una ranura también hueca que en su día debió alojar
algún tipo de sistema de emisión sonora sin duda muy rudimentario. Del mismo
modo en donde deberían hallarse las orejas se observaban dos orificios muy
toscos. Todo esto llevó en una segunda instancia a pensar que probablemente el
androide hubiera estado en sus momentos de operatividad, recubierto de algún
tipo de material que ayudase a darle una apariencia más humana a la máquina.
Aunque esto son solo conjeturas pues todo parece indicar que la civilización
que la construyó lo hizo en un estadio tecnológico bastante primitivo.
De hecho, nadie
en la Vangarde había visto nunca un androide. Y esto es porque aquellas
máquinas, como tantas otras, pertenecían a un mundo, o mejor dicho un tiempo
cercano a la mitología. Eran artefactos de un pasado remoto que se remontaba a
los albores de la civilización humana. Por supuesto que quedaban algunos
archivos que nos hablan de estos seres, pero son escasos y antiquísimos y desde
luego, muy posteriores al desastre de la estación espacial Alejandría donde se
habían conservado los archivos planetarios de la Tierra durante los primeros
siglos tras su destrucción, y todo esto ocurrió hace más de diez mil años.
Continuará...
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